Pregón de Semana Santa de Toro-2011

 

Pregón de Semana Santa de Toro-2011

 

Buenas noches a todos.

            Quiero comenzar saludando al Presidente y demás miembros de la Junta Pro Semana Santa a quienes agradezco, de corazón, que hayan pensado en mí como pregonero, este año. Saludo, igualmente, a todas las cofradías y asociaciones de Toro y Tagarabuena; a las autoridades presentes hoy aquí; a mi familia, a todos los toresanos y a quienes se han acercado hasta nosotros viniendo de otros lugares.  Sed todos bienvenidos.

            Cuando el presidente de la Junta pro semana Santa me comunicó su elección, la primera reacción fue de asombro. Ellos me dijeron que diera mi punto de vista como cristiano y como toresano y, he de reconocer, que esos son los únicos méritos que realmente tengo: estar hondamente enraizado en Toro e intentar seguir a Jesús.

            Me he tomado la libertad de presentar nuestra Semana Santa mediante un relato que comienza así:

Carlos bajó del autobús procedente de Madrid, eran las siete menos cinco de la tarde. Nadie le esperaba en la estación, ni en ninguna otra parte. No le había gustado la llamada del día anterior. Su agencia de viajes le comunicaba que había habido un problema con su reserva para el parador de Zamora, pero le habían encontrado una habitación en Toro, desde la que podría disfrutar, sin duda, de la Semana Santa zamorana, pues en veinte minutos estaría allí todos los días.

Carlos no conducía ya. Su mujer había muerto en la carretera hacía apenas 10 meses. No podía aún con su rodilla izquierda destrozada. Tampoco quería. Había prometido que jamás volvería a coger un volante.

Tras pedir un horario para Zamora, preguntó por el hotel y prefirió caminar. No había prisa, era miércoles santo y había decidido descansar esa tarde.

Paró en la oficina de turismo y allí le hablaron de museos, iglesias románicas, conventos de clausura visitables, un castillo del s. XI e incluso de una plaza de toros decimonónica recién restaurada. Le dieron un programa de Semana Santa y salió sin contestar cuando le preguntaron cuántas personas venían con él.

-Quizás el domingo antes de irme pueda ver algo de todo esto. Si mis fuerzas y mi ánimo me lo permiten. -Pensó.

Cuando se sentó en la cama del hotel y la puerta se cerró, su angustia se desbordó como casi todos los días. Duelo lo llamaba su médico de familia y le había dicho que si no avanzaba habría que ponerle un apellido: duelo patológico. ¿A quién le importaba eso? ¿A su médico, que no hacía más que su trabajo? ¿A sus suegros, que habían perdido su única hija y a los que no había vuelto a ver? ¿A sus padres, que habían fallecido antes de que terminara su carrera, dejándole sin ninguna familia? ¿A sus alumnos, a los que no se había podido enfrentar durante todo este curso? ¿O acaso le importaba a un Dios indiferente, que no hace nada cuando se despedazan sus criaturas?…

Sí, eso era, no le importaba a nadie si era capaz de levantarse o se anclaba a su cama con el peso de su culpa, como los tres primeros meses. Nadie iba a ser más feliz porque se afeitara y se duchara, porque comiera o dejara de comer, porque tomara su medicación o deseara tomarla toda junta. Y el que fuera su Dios, hasta que comenzó su carrera, ese Dios bueno del que le hablaban en el colegio y en la parroquia ¿Dónde estaba ahora? ¿Dónde estuvo lo noche del accidente?

Respiró hondo y cogió su cámara. Llevaba diez minutos allí y el oxígeno de la habitación ya se había consumido. Al salir, el crepúsculo le sorprendió. Había llovido unas horas antes. El sol se abría paso por una rendija que las nubes le dejaban, apenas un breve espacio antes de ocultarse del todo. Un cielo azul, vibrante, cálido, se entremezclaba con unas nubes algodonosas, rebosantes de matices; un horizonte limpio, un río serpenteante y un puente de mil años con brillos áureos y reflejos de seda. Cogió su cámara y disparó. La vega, la revuelta del río, un contraluz con los árboles del jardín y una preciosa colegiata románica que a su espalda luchaba por arrancarle al sol sus últimos rayos para alimentar así a su cimborrio, a su torre barroca y a sus cigüeñas. Apenas habían sido dos minutos de libertad, de vida. No había vuelto a fotografiar desde el accidente. Inmediatamente, su garganta se cerró; tuvo que sentarse y taparse con las manos. Sus lágrimas diluyeron el espectáculo que acababa de contemplar.

Antes, el que había sido, disfrutaba con la cámara fotografiando cada viaje, cada acontecimiento y, sobre todo, lo cotidiano. Siempre buscando un ángulo diferente, una luz en los ojos de quien retrataba. Como en la India o en Nicaragua. Esos niños, esa luz prodigiosa que emanaba de sus rostros anclados en el vertedero de Managua o incinerando cuerpos junto al Ganges.

-¡Qué contrasentido, qué enorme paradoja!-pensó- Aquí vivimos en la opulencia y sobran demasiadas cosas materiales, pero apenas hay felicidad en las caras de la gente. Allí, en medio de la lucha por alimentarse, sonríen, se iluminan, viven…Vaya –se sorprendió Carlos- un pensamiento de los que tenía antes. Este aire frío y nocturno parece que me sienta bien.

Vio pasar a cofrades revestidos de negro con caperuz blanco y una gran cruz roja en el pecho. La procesión estaba a punto de salir y quizás, con un poco de esfuerzo y su bastón, podría seguirla un rato. Un vía crucis con el Cristo de las Injurias o de la Agonía y una campana para rasgar el silencio de la noche, leyó en el programa.

            -Estupendo- pensó- esto es lo mío: muerte y silencio para acompañarla.

Empezó a andar, despacio, con la cadencia que marca en la fila el de delante y el de detrás. Había visto entre los cofrades a padres, hijos y nietos, también chicas, gente joven como sus alumnos, algunos siguiendo la procesión y otros viéndola pasar, sorprendentemente en silencio, cuando eran horas de estar entre litronas. Había respeto en aquella procesión. La campana sonó y las palomas de la torre de una iglesia volaron en la noche despierta. La rodilla le dolía más y tuvo que retirarse para que la fila continuara. Se incorporó junto al Cristo de la agonía. Pero, apenas unos metros más allá, se paró porque no podía ver a un hombre clavado en una estaca de madera, no podía aguantar una gota más de sufrimiento ajeno, cuando su vaso ya se había desbordado con el dolor propio.

Alcanzó un espacio abierto con bancos de piedra, junto al Ayuntamiento, donde un coro comenzó a entonar. En medio de la noche, con la luna casi llena contemplando desde el cielo el espectáculo…sintió la mirada de su mujer desde algún lugar y decidió retirarse a descansar.

-Demasiado por hoy para mi pierna y mi alma-balbuceó, mientras se marchaba.

Apenas le separaban cien metros del hotel, pero la procesión se reanudó y, sin quererlo, la fila le llevó hasta el interior de la colegiata. Al entrar en el templo lo encontró abarrotado. Los cofrades se habían levantado su caperuz y parecía que toda la ciudad estaba allí reunida. Le ofrecieron una silla, por el bastón, seguro, y la rechazó, porque, instintivamente, sacó su cámara y tenía mejor perspectiva estando de pie, apoyado en la columna.

-Son las llagas de Cristo, las cinco llagas, lo que van a cantar ahora- le dijo alguien a su derecha y él le sonrió.

Una mujer a quien no veía empezó a cantar y después todos la acompañaron a coro. Comenzó a fotografiar: un cimborrio bien iluminado, esbelto, con mayor altura que otros románicos; un órgano que se tocaba desde el suelo y no desde las alturas donde se encontraba. Enfocó el altar, donde un cristo yacente parecía ser el centro de toda aquella devoción. Allí estaban los cofrades, mayores, jóvenes, niños. El pueblo acompañaba esos versos con fuerza, con hondura, con una pasión contenida por unos y derramada por otros.

Cuando terminaron, vio los abrazos de los cofrades, los rostros brillantes, los gestos cómplices. Esperó en un banco a que la colegiata se vaciara. Le gustaba ver lo que ocurría cuando todo parecía haber terminado. Quería ver las miradas de esos últimos cofrades con manto rojo. Los abades, le habían dicho que se llamaban. Uno de ellos se arrodilló una vez más delante del yacente y el cura, tras esperar unos momentos, apoyo su mano en su hombro y ambos sonrieron. Carlos se levantó también y al hacerlo vio una bellísima virgen románica embarazada que, desde su columna, le traspasó con su mirada y le hizo estremecerse por un instante. Miró su mano en el vientre gestante, ya cerca del parto y esa mano, de alguna forma, lo estaba acariciando a él…

-¿Le ha gustado?- Le dijo el sacerdote con las llaves en la mano. 

Le contestó que sí, que había sido muy interesante y le preguntó a qué hora abrirían las iglesias al día siguiente y cual merecía la pena visitar antes de irse a Zamora. El cura comenzó a enumerar las imprescindibles: San Lorenzo, el Santo Sepulcro, San Sebastián y el Salvador, sin olvidar los monumentos de San Julián, la Trinidad y Santo Tomás, Santa María de Roncesvalles y Santa Catalina y los conventos, sin duda y … Parecía muy orgulloso de lo que hablaba y sonaba bien. Ya haría planes al día siguiente.

Se durmió en seguida y fue la primera noche en la que no soñaba desde entonces. Tampoco había tomado su pastilla nocturna. Decidió ir a Zamora el viernes y el sábado y aprovechar todo el jueves para visitar Toro y así lo hizo.

Cerca de las seis de la tarde estaba junto a la iglesia de San Julián y un nazareno vestido de riguroso luto le pedía insistentemente dinero con el sonido de su vara al golpear en el suelo. Una anciana le dijo que era mejor que le diera algo al cagalentejas y le explicó quién eran los conqueros y su voto de silencio desde esa misma mañana.

-¿Viene a los oficios?, ¿verdad?- le preguntó la mujer.

En realidad solo iba a ver el monumento. Cuando su médico le sugirió que un cambio de aires podría ser una buena idea y que aprovechara las ofertas de Semana Santa, decidió por una vez hacerle caso, pero el planteamiento era otro: una ciudad pequeña, con unas procesiones interesantes, donde poder diluirse esos días en sus calles para que llegara pronto el domingo, volver a Madrid y acudir a su cita el lunes para contarle al doctor que todo seguía igual, que nada había cambiado, como él ya había predicho. Pensaba ver lo que pudiera, pero no participar en la liturgia, porque, ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última misa? Unos 15 o 20 años sin pisar una iglesia salvo para bodas o entierros.

Y, sin embargo, allí estaba escuchando como el joven, que hacía de Pedro en el lavatorio de los pies, exclamaba “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?” y ante la explicación del cura, que representaba a Jesús, insiste: “no me los lavarás jamás”, pero al final entiende o quizás sin entender accede porque Jesús le promete que si no, no tendrá nada que ver con Él.

Un Dios hecho hombre, que a los elegidos por Él, a sus discípulos, a sus amigos,  les enseña que han de cuidarse unos a otros, siempre con humildad, siempre con sencillez. Y esto, Carlos, lo había visto en aquel viaje a Nicaragua, donde laicos y sacerdotes parecían remar en la misma dirección para trabajar por el Reino  de Dios; y era así como los misioneros combonianos, que conocía de sus pascuas juveniles, trabajaban en África. A otros, en cambio, era difícil imaginarlos arremangados, arrodillados, limpiando los pies cansados de tantas personas hastiadas de andar sin rumbo, de tanto buscar un trabajo que no hay, de tanta soledad que hiela la sangre… y limpiar esas heridas, esos pies, con una sonrisa, como Jesús.

-No deje de ir esta noche a Santo Tomás a la hora Santa. No somos muchos, pero es preciosa.-le dijo la anciana de antes al salir de la iglesia.

A las 10 de la noche, allí apenas había 40 personas. Un grupo de jóvenes con guitarra, sentados en el suelo y una media de edad cercana a los 60- 70 años. Un power point comenzaba a proyectarse sobre la pared y todo comenzó:

Tras cenar con sus amigos, temiéndose que su hora había llegado, Jesús se retira a orar al Monte de los Olivos. Al llegar, angustiado, les pide: “Quedaos aquí y velad conmigo”, pero ellos se quedan dormidos. Jesús les despierta, no entiende que no puedan aguantar una hora junto a Él, acompañando su agonía. Vuelve a mirar al cielo e implora a un padre que parece no oírle, su cuerpo comienza a quebrarse al ver que nuevamente los discípulos duermen. Suda sangre cuando la soledad de Getsemani le hiela el alma. Luego se precipita todo. Un beso, una espada que no debió ser desenvainada y el mayor de los justos es apresado y conducido ante el Sanedrín.

Los suyos, aquellos con los que había estado tres años compartiendo cada jornada, cada parábola, cada instante; aquellos que eran los privilegiados por poder escuchar el mensaje del Reino de primera mano; aquellos, se dispersaban entre la oscuridad de la noche y el más valiente, aquel que jamás le negaría, lo hacía hasta tres veces, justo antes de que un gallo cantara anunciando el alba de un viernes santo que no debió amanecer.

Carlos pensó en su historia como creyente jalonada de altos y bajos, como muchas otras. ¿Cuándo se alejó él de Getsemaní? Se sentía un privilegiado porque había escuchado ese texto en otras Semanas Santas en su juventud y entonces estaba seguro de que él, aunque poco pudiera hacer, siempre se quedaría velando con el Jesús más frágil, aquella noche. Pero, la Universidad primero, el trabajo después y una cierta rutina, le llevó a ir desconectando poco a poco. Siempre había una disculpa para dejar los grupos de la parroquia, para dejar el coro, la misa y los campamentos de verano. La falta de tiempo, los deportes en televisión, las escapadas de fin de semana…hasta enterrar en el fondo de algún baúl el sentimiento religioso y cerrarlo bajo siete llaves. Cuando en alguna ocasión se acercaba de nuevo, parecía que las disculpas se envalentonaban, crecían y le envolvían diciéndole: ¿ves como está la iglesia? No merece la pena volver a ella. Y él sabía que no todo era así, pero era más cómodo justificarse con ello.

A él le habían enseñado los curas de su parroquia, que en caso de conflicto ético siempre había que beber el agua limpia de las fuentes, porque allí, todo era más  claro. Él sabía que en todos los oficios hay buenos, malos y regulares, que hay pecado dentro, sí, pero también fuera y que las parábolas, las bienaventuranzas y tantos otros escritos no necesitan interpretaciones, son demasiado transparentes y ahí cualquiera puede saber dónde ponía los acentos Jesús, qué era lo verdaderamente importante y qué consideraba secundario aquél Hombre, también Dios, al que sus amigos y su Padre  habían dejado solo aquella noche de tinieblas.   

Miró el monumento y se dio cuenta que en los bancos solo quedaba él. El coro seguía tocando para velar aquella noche. Cuando se levantó, su rodilla estuvo a punto de hacerle caer. Una joven dejó su guitarra para ayudarle:

-Gracias, estoy bien, solo se me ha dormido un poco la pierna-le dijo Carlos-  Me ha gustado vuestra oración. ¿Hasta cuándo estaréis aquí?-pregunto con curiosidad.

-Hasta que aguanten las gargantas y los callos de los dedos. Y después a dormir dos o tres horas para ir a la procesión a las 6:00. No se la pierda, merece la pena.

Allí estaba, como el más fiel de los cofrades, a la hora en punto junto a la iglesia de Santa Catalina para escuchar el sermón del Mandato. Cuando la procesión salió, se situó a la derecha del Eccehomo. Hacía un frío húmedo que penetraba en los huesos y su rodilla habría necesitado dormir más esa noche, pero Carlos intuía que su sitio estaba allí, acompañando ese paso, el máximo tiempo que pudiera. Su mente recorría los recovecos olvidados de su pasado y llegaba hasta el presente lacerante que le absorbía aún, ¿Quién había sido?, ¿Quién era él en ese Viernes Santo? ¿Hacia dónde debía caminar a partir de ahora? Y, sin darse cuenta, ya estaba caminando, con su pierna maltrecha, con su bastón, arropado por la fila de fieles.

El alba comenzó a hacerse sitio en la negritud de esa noche que llegaba a su fin. El cielo se tornó azul oscuro y poco a poco la claridad comenzó a bañar la ciudad. El arco del reloj fue el primero en colorearse, las callejuelas, los restos de conventos, los escudos de tiempos pretéritos que, dignos, en sus muros, querían también acompañar la pasión de Jesús. Esa luz tiñó de morado y negro el terciopelo de los cofrades y de rojo oscuro la piel flagelada de aquella espalda, de aquellos brazos, de aquella frente coronada de espinas. Atado a la columna, Jesús giraba la cabeza a su derecha y parecía preguntarle a él ¿Por qué tanto sufrimiento?...”como cordero llevado al matadero…”

Carlos no podía mirar ese rostro. Cerró los ojos un instante y escuchó restallar en el aire el flagelo, una, dos veces...Tuvo que abrir los ojos al notar que se tambaleaba levemente y apoyado en un portal esperó a recuperarse. Cuando lo hizo, se encontraba junto al Jesús camino del calvario. No podía ver su cara, pero sí como sus manos sujetaban el madero y al hacerlo soportaban el peso que cargan todos los que buscan trabajo sin hallarlo, los que no encuentran motivos para seguir adelante con sus vidas, los que lloran a sus muertos, como él;  sus dedos sostenían la cruz y también a todos los que malviven en los slums de la India, en las favelas brasileñas, en toda África;  su cuerpo parecía sustentar también la desesperanza de los rostros serenos, admirables, de los japoneses de Fukushima…Entonces, al alzar los ojos hacia un cielo más cercano ya a su propio dolor, se cruzó con la sonrisa de una monja que levantaba la celosía de su torre para ver doblar la procesión a sus pies, mientras la música de la banda acompañaba, elegante y compacta, el sereno deambular de tantos cofrades.

Al finalizar el primer recorrido, todos los pasos descansaban junto a la Colegiata. Los cofrades reponían fuerzas y durante apenas unos minutos, Carlos fue el único que estaba allí. Su cámara fotografió a Jesús Nazareno implorando hacia el cielo, el manto rojo de dos mil claveles a los pies del Cristo de la expiración,  a la Virgen de la soledad, con el dolor pintado en su mirada. Dos niños llegaron y el pequeño preguntó por qué estaba triste esa señora.

-Le han matado al hijo-le contestó su hermana. Y él asintió, pareciendo entenderlo todo.

Un tratado de teología resumido en una pregunta y una respuesta-pensó Carlos.- ¿Por qué lo complicaremos siempre todo tanto? Pero su pregunta ya no sonaba tan amarga como lo hubiera sido dos días atrás.

Esa tarde continuó con el triduo Pascual y lo hizo en la Trinidad. Necesitaba escuchar, con oídos nuevos, la Pasión y muerte de Jesús. “E, inclinando la cabeza, entregó su espíritu”. Todo acababa ahí, Jesús había sido un buen hombre, quizás el mejor que hubiera poblado la faz de la tierra, pero con esa muerte todos sabían que no era Hijo de Dios. Todo había acabado. Sus discípulos, que lo habían negado en vida, correrían a refugiarse donde nadie los identificara como amigos del Nazareno. Apenas pasaran unos meses y su recuerdo se borraría de Jerusalem. Apenas una generación y nadie, en todo Israel, sabría quién fue el hijo de María y de José, el carpintero.

El resto del viernes y el sábado, Carlos pensó en su mujer, en aquel accidente que segó su vida demasiado pronto y en lo que podía o debía hacer a partir de esta Semana Santa tan sorprendente. Por primera vez lo hizo sin lágrimas, sentado en el último banco de la Colegiata, cerca de la Virgen embarazada. No se cansaba de observar su mirada, un tanto perdida, desbordada por la responsabilidad del ser que iba a nacer de sus entrañas, parecía decirle:

-Ves, yo tampoco sé lo que se me viene encima, con este parto que está a punto de ocurrir. Tengo miedo, pero confío, confío en Dios y él sabrá acompañarme, pase lo que pase.

 Acudió a la Vigilia Pascual en Santo Tomás. El rito del fuego fuera de la iglesia, para comenzar. Oyó hablar del paso del hombre viejo al hombre nuevo, del salto del Antiguo al Nuevo Testamento. Sintió el agua purificadora salpicando su cabeza. El coro cantaba con fuerza y esa sí era una noche que nunca debía acabar.

El domingo a las 11 menos cinco cogió su autobús para Madrid. Al sacar su billete sonrió al ver el horario de autobuses para Zamora que había guardado y no había llegado a usar. Durante el viaje, imaginaba una y otra vez a los apóstoles escondidos, con la puerta bien cerrada para no correr la misma suerte de Jesús y pensando cómo podrían escapar de aquello con vida. Los entendía. Él, sin duda, haría lo mismo ¿Qué iban a hacer? ¿Salir y dar la cara? ¿Acaso eran ellos más que el maestro? Y todos sabían que todo había acabado ya.

-Tuvo que resucitar de verdad.-pensó, mientras el autobús salía del túnel y entraba en la Comunidad de Madrid.

 Solo eso podía cambiar a sus discípulos, conseguir que sus miedos se desplomaran y comenzaran a anunciar el evangelio a los cuatro vientos, jugándose la cabeza y perdiéndola en muchas ocasiones. Solo la Resurrección hacía verosímil su valentía, su transformación de hombres viejos a hombres nuevos, capaces de defender que Jesús es el camino, la verdad y la vida, sin que les importara ya las consecuencias que ese anuncio tendría en sus vidas.

Carlos sonrió al pensar en su cita con el médico a primera hora del día siguiente y su cara se iluminó al decidir que el próximo año repetiría viaje a Toro, en esas mismas fechas.

Tras finalizar el relato, tan solo me queda añadir, que espero que todos nosotros vivamos hondamente la pasión y muerte de Jesús en Toro y desear que él resucite de verdad en nuestros corazones y sea la luz que guíe siempre nuestros pasos.

Muchas gracias a todos.

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